Giordano Bruno y su visión cosmológica revolucionaria

Durante la primera mitad del siglo XV, Nicolás de Cusa (1401-1464) propuso un universo infinito cuyo centro estaba en todas partes y su circunferencia en ninguna; lleno, además, de estrellas incontables, cuyas órbitas —predijo—, no eran circulares, ni sus movimientos uniformes. Esto retaba las corrientes filosóficas aristotélicas dominantes.


En la segunda mitad del siglo XVI, con la publicación del libro De revolutionibus orbium coelestium (1543), las teorías de Nicolás Copérnico (1473-1543) se empezaron a difundir por Europa. Aunque todavía conservaba la idea de Claudio Ptolomeo de Alejandría (100-168) de que los planetas estaban fijos en esferas sólidas, sí llegó a deducir que el aparente movimiento estelar era una ilusión causada por la rotación de la propia Tierra sobre su eje. Y, aunque preservó la idea de un centro del universo, inmóvil, situó en él al Sol y no a la Tierra, declarando que ésta no era más que un planeta que orbita anualmente alrededor del Sol. Sin embargo, mantuvo la hipótesis ptolemaica de que las órbitas de los planetas eran círculos perfectos.

Los últimos aristotélicos

Pero, por aquel entonces, los católicos ilustrados seguían apoyando las ideas geocéntricas de Aristóteles (384-322 a.C), con la Tierra en el centro del universo y todos los cuerpos celestes alrededor. El último límite del universo era el primer móvil, cuya rotación diurna era conferida por un Dios transcendental que no era parte del universo, sino su primera causa, su primer motor sin movimiento; las estrellas fijas eran parte de la esfera celeste, todas situadas a la misma distancia de la Tierra, inmóvil en el centro de la esfera. Los planetas estaban fijos, cada uno en una esfera transparente. En el siglo II, Ptolomeo había determinado el número de estrellas en 1022, agrupadas en 48 constelaciones. Ahora que sabemos que solo en la Vía Láctea hay 200.000 millones, nos resulta una cantidad ingenua, pero en la época de Ptolomeo, faltaban todavía quince siglos para la invención del ojo sideral.

Heliocentrismo e infinito

Pocos astrónomos de la época de Giordano Bruno (1548-1600) aceptaban el modelo heliocéntrico de Copérnico. Aunque sí lo comprendieron Michael Maestlin, Christopher Rothmann, Johannes Kepler, Thomas Digges y, cómo no, Galileo Galilei. En 1584, Bruno publicó dos Diálogos filosóficos, La cena de las cenizas y Del universo y los mundos infinitos, en los que argumentó en contra de las esferas planetarias. Rothmann también se opuso a esta idea, en 1586, y Tycho Brahe, en 1587.

El infinito universo que proponía Bruno en Del universo… estaba lleno con sustancia, un éter o espíritu que no ofrecía resistencia a los cuerpos celestes que, lejos de estar inmóviles, se movían por su propio ímpetu., abandonando de una vez por todas la idea de universo jerárquico. Su cosmología distingue entre soles que producen su propia luz y calor, los cuales tienen otros cuerpos orbitando alrededor, y tierras que giran alrededor de los soles, recibiendo luz y calor de aquellos. Sugirió que algunas, si no todas las conocidas como estrellas fijas, eran de hecho soles. Además, le pareció que otros mundos, al ser como la tierra, estarían igualmente habitados.

Las bases de la ciencia moderna

Todas estas ideas fueron ampliamente ridiculizadas en su tiempo—por no hablar de que causaron su asesinato… La reivindicación de la cosmología bruniana tuvo que esperar al impacto y consolidación de la física newtoniana. Durante los siglos XVI y XVII, nuevas ideas y conocimientos en física, astronomía, biología, medicina y química, transformaron las ideas medievales y antiguas sobre la naturaleza, y sentaron las bases de la ciencia moderna. El fenómeno se conoce como Revolución Científica, se inició en Europa, a finales del Renacimiento, y se extiende hasta la Ilustración, en el s. XVIII. La obra de Giordano Bruno forma parte fundamental de este desarrollo científico y filosófico. Fue pionero de las modernas teorías del conocimiento que consideran que todas las cosas naturales en el universo pueden ser conocidas por la estructura dialéctica de la mente humana. El Nolano dijo alegremente que, para un filósofo, «toda la tierra es patria».