La imaginación es más importante que el conocimiento

Ya sabemos que Julio Verne escribió un profético libro titulado De la Tierra a la Luna, en 1865, en el que unos aventureros lanzan un proyectil hacia el satélite desde, nada más y nada menos que Cabo Cañaveral. En 1901, H. G. Wells, publicó Los primeros hombres en la Luna; sus astronautas consiguen la gran zancada y, por si fuera poco, se encuentran con (glup) unos insectoides extraterrestres...


Tanto Robert Goddard, pionero del cohete en Estados Unidos, como Wernher von Braun, ingeniero del espeluznante V2 nazi, fueron inspirados por la fantasía de Verne y Wells. Realidad y ficción se confundirían a propósito de los V2. El mentor de von Braun, el científico Hermann Oberth, trabajó como asesor en la película de Fritz Lang, Frau im Mond (1929) y sus entusiasmados discípulos pintarían la ilustración del cartel de la película en la base del primer cohete lanzado con (tristemente famoso) éxito desde el campo de pruebas cercano a la fábrica de Peenemünde.

Ideas en código abierto en red

 H. G Wells también fue el primero en nombrar la bomba atómica en su libro de 1914 The world set free. El físico Leo Szilard leyó la novela de Wells y, espoleado porque Ernst Rutherford negaba la posibilidad de la energía atomica, se imaginó una reacción nuclear en cadena mientras esperaba para cruzar una calle, en Londres, en septiembre de 1933. Hacía 2500 años, el griego Demócrito se había imaginado una partícula elemental a la que llamó átomo, el cual no pudo ser descrito hasta 1911, por Rutherford precisamente, como partícula con un núcleo muy pequeño, cargado positivamente, orbitado por electrones de carga negativa. Robert Oppenheimer, director científico del Proyecto Manhattan, bajo el influjo de las filosofías orientales, se alejó de los métodos tradicionales de la física teórica, hacia un pensamiento basado en la intuición. El (tristemente famoso) éxito del Proyecto se basó en que fue reorganizado en equipos creativos, por tareas, y no en grupos de expertos, por disciplinas. Esta estrategia inauguró un nuevo paradigma de código abierto en red.

El memex: una red neural imaginada por Vannevar Bush

Al polifacético Vannevar Bush, inventor, académico, ingeniero y político, se le ocurrió un artefacto al que llamó memex, a partir de la idea de ‘íntima expansión para la memoria’. Lo describió en 1945, en un artículo titulado ‘As we may think’, como ‘dispositivo basado en un microfilm en el que un individuo puede almacenar todos sus libros, discos, informes y comunicaciones y que está mecanizado de manera que se puede consultar con máxima rapidez y flexibilidad’. Va en serio. Las ideas de Bush inspiraron la fundación de Internet y de la world wide web.

 

Vannevar Bush, diseñador del analizador diferencial y pensador del memex
Vannevar Bush, diseñador del analizador diferencial y pensador del memex

Bush había soñado el memex con un funcionamiento análogo a la red neural del cerebro humano. El citado H. G. Wells, publicó en 1938 una serie de textos bajo el título Cerebro Mundial, donde postulaba que «toda la memoria de la humanidad puede ser accesible para cada individuo. […] Este nuevo cerebro de todos los humanos no necesita estar concentrado en un único lugar. Puede reproducirse total y exactamente en Perú, China, Islandia y África Central […] puede tener al mismo tiempo la concentración de un animal con cráneo y la vitalidad difusa de una ameba».

El hipertexto

A Ted Nelson, inventor del hipertexto en 1963, ‘As we may think’ le convenció de que las nuevas tecnologías de la información que estaban emergiendo podrían extraer todo el poder de la mente humana e intuyó que, el por aquel entonces rudimentario ordenador, se iba a convertir en la herramienta que entrelazaría y enredaría la compleja naturaleza del impulso creativo, emergiendo conexiones desconocidas hasta el momento entre el arte, la ciencia, la literatura y la música. También por culpa de ‘As we may think’, donde Bush postulaba que hacer disponible el conocimiento humano era un instrumento para la paz, Douglas Engelbart, inventor, entre otros asuntos, de la interfaz gráfica de usuario y del ratón, quedó convencido de que los ordenadores podían hacer colectivo el intelecto humano, condición sine qua non para hacer del mundo un lugar mejor.

La cita que da título al post es de Albert Einstein. Ya sabemos que su imaginación era mitológica…